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Quiero leer… Clockpunk

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Ya sé que soy un tipo raro, lo reconozco. Quiero leer clockpunk. Quiero que alguien escriba clockpunk en castellano. Que más gente lea clockpunk. Y quiero, bueno, eso tiene arreglo, de hecho lo tiene en estos momentos, escribir clockpunk.

Me pongo tonto con las historias renacentistas llenas de tramas palaciegas y con los intrincados diseños de los relojeros, con la estética de cuero, engranajes y dibujos de Da Vinci. Filosofía. Arte. Muerte. Traición. Relojes.

En ese mundo etéreo, sin fandom, sin fanzines y sin cuentos, que tienen los americanos y los ingleses, ya empiezan a despuntar algunos títulos. Claro que ellos se dedican a sus rollos Elizabetianos, mucho menos interesantes que lo que puede dar un buen entorno mediterráneo bien clockpunkeado.

Blog de referencia para estos menesteres: Da Vinci Automata

Quiero leer más cosas. Cosas nuevas de autores nuevos, sin demasiadas referencias, que presenten ideas originales, frescas e imposibles. Estoy dispuesto a malgastar mi tiempo, de verdad. Estoy un poco harto de las cosas de siempre, aunque las vistan de nuevas y originales, pese a que estén escritas con maestría. Hay que dar un paso hacia delante o nos ahogaremos.

…pero aquí hablamos, principalmente, de género fantástico y de sus problemas y maravillas, que son muchos y diferentes. Que sí, que todo es literatura. Ya. Que sí. Ale. Venga. Una cruz por persona, al fondo a la derecha.

La Scene del Fantástico

En el resto de universos paralelos en los que existe el Fandom -aunque a algunos les parezca increíble, el fandom fantástico es bastante minoritario y parado- ha ido apareciendo una facción muchísimo más activa que el resto: La Scene.

 

En el fandom cificionero la Scene se conoce como el mundillo, escritores nuevos, jóvenes articulistas, faneditores primerizos, que, de un tiempo a esta parte, parece que ha fagocitado, o ahuyentado, al resto del fandom. Creo que por un hecho puntual que no pasa en el resto de fandoms: La Scene no quiere ser profesional. Entiende su afición como lo que es, algo amateur y que sólo necesita el reconocimiento del resto de la scene y el fandom (No todos, claro, siempre hay quien destaca y tiene aspiraciones. Pero son los menos). Sin embargo en nuestro fandom, el de toda la vida, todo el mundo quiere ser publicado, leído, conocido y adorado. La ración de Ego es grande y se aplica la máxima de que “el infierno son los demás”. El feedback, punto principal de la Scene, desaparece y nos quedamos con un montón de gente que ve cómo sus esfuerzos son considerados simples trampolines para darse a conocer, o bien otros que se ven rodeados de escritores que quieren ver comentadas sus obras. Lo de comentar la de los demás es otra historia, claro.

 

Hasta que la Scene del fantástico no se de cuenta que es como todas las demás, que sin una base de comunidad fuerte y exigente no se puede dar el salto a ninguna parte -si es que quieres género, claro-, que sin ganas por leer lo que hacen los demás no puede haber revistas, ni siquiera e-zines, seguiremos viendo cómo desaparece esa base para sustituirla por un grupo de meros observadores, un fandom incluso más aborregado de lo que en ocasiones es.

 

Vivimos en una época perfecta para la comunicación y la edición digital. Me pregunto qué harían los viejos fanzineros de los ochenta y noventa ahora que ni siquiera tendrían que poner un euro para fotocopias. Nos hemos vuelto una generación complaciente, me temo.

¡Comprad, comprad, malditos!

Por fin llega a la tiendas. Señores, señoras, La legión del Espacio ya está disponible (tienda Cyberdark)

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Ciencia Ficción India

En la pasada Hispacon tuvimos una conferencia sobre literatura fantástica hindú. Para todos los que se quedaron con ganas de saber algo sobre la literatura de género -la conferencia fue muy interesante desde el punto de vista teórico, pero pecó, a mi entender, de decimonónica excelencia- aquí os dejo un enlace, en inglés, a un artículo que trata sobre la CF hindú en la actualidad.

DNA-ALTERING experiments, moody robots, strange mutations from failed cloning projects, wonder machines and nano-gadgetry, and, of course, aliens playing peek-a-boo with humans — science fiction writing in Indian languages has this all and more. And its popularity is growing steadily, especially in the eastern and southern regions of the country. Most science fiction (SF) writing in regional languages is in the form of serialised stories in magazines, but novels and short stories are also gaining popularity. Says Dinesh Goswamy, the well-known Assamese SF writer, “SF is very popular in our state. During Durga Pooja, magazines bring out special SF issues.” 

Leer el artículo completo

Viernes 14 - 20:00 Librería Futurama. Dresscode obligatorio (camiseta negra, perilla y gafas)

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Conocí a M. a través de un amigo común, un bibliófilo empedernido para el que conseguía libros de vez en cuando, nada demasiado caro, todo del siglo veinte, que solía invitarme a comer cuando visitaba Barcelona. M. era un tipo grande, orondo, calvo y siempre sonriente. Pasaba ya de la cincuentena la primera vez que nos encontramos, y de eso hacía más de diez años.

A lo que iba. M. no era un aficionado más, como el resto de gente que había conocido en las comidas organizadas por mi amigo, no: él era un auténtico amante de los libros, un hombre de una extraordinaria cultura y con el que daba gusto hablar de ediciones, incunables, manuscritos y hasta, lo comprobé en más de una ocasión, de tipos de imprenta y composición del papel. Sí, era un verdadero experto. Lo único, devoraba libros. Quiero decir que se los comía físicamente, no es una figura retórica. Lo hacía de forma pausada, primero leía el índice y seleccionaba los capítulos más apetitosos. Cortaba las páginas con cuchillo y tenedor y luego, a veces mojando las hojas en alguna salsa, nunca supe si dulce o picante, las engullía con cara de gran satisfacción.

De vez en cuando le conseguía algún libro por encargo. Tampoco nada demasiado caro, pero siempre de la mayor calidad en cuanto al estado y conservación del volumen. No es que la idea de que un libro caro desapareciera del mercado me entusiasmara, pero M. era rico y pagaba bien, lo suficiente para que no tuviera demasiados escrúpulos. De todas formas, y para mi alivio, nunca pidió, ni le vi comer, códice alguno, nada de páginas miniadas o manuscritos medievales. Una vez me confesó que sentía cierta atracción morbosa por los originales de DaVinci, pero que por un lado no podía dejar al mundo sin aquella belleza, y por otro, que las tintas antiguas estaban llenas de plomo y otros metales que podían acabar por envenenarle.

Aprovechando un viaje relámpago a Barcelona, quedé con nuestro amigo común, el cual me invitó a visitar a M. en su casa. Accedí sin pensarlo; acababa de perder una venta y llevaba en la maleta dos ejemplares del Ulyses que podían servirle a M. como cena durante meses. Aparcamos cerca de Balmes y seguí a mi amigo hasta la puerta de la finca donde M. vivía en un ático de tres plantas.

Nos abrió la puerta el ayuda de cámara, un hombre mayor, contrapunto de M. en peso, estatura y carácter. Pasamos a una pequeña salita y desapareció en busca de su empleador.

No tardó en volver con el rostro congestionado y los ojos a punto de salírsele de las órbitas. Apenas pudo tartamudear el nombre de M., señalando las escaleras que daban al piso superior. Ni que decir tiene que subimos a toda prisa los escalones. La puerta que daba al despacho estaba abierta. Entramos y nos encontramos con el peor de los escenarios. M. estaba sentado en un cómodo sillón orejero y vestido con un pijama de franela gris y una bata a cuadros rojos y negros. Su rostro estaba desencajado en una mueca de dolor y tenía una lividez digna del peor fantasma. Entre las manos todavía sujetaba un libro al que, como era usual, le faltaban varias páginas. Nos acercamos. M. había vomitado parte de la sobrecubierta del libro sobre la alfombra. No era la primera vez que el plástico le sentaba mal, pero aquello era demasiados. Mi amigo le tomó el pulso y negó con la cabeza. M. había muerto.

–¿Qué crees? –me preguntó mientras se dirigía hacia el teléfono– ¿Se habrá atragantado? ¿La tinta era venenosa?

–No –contesté. En el montón de papeles troceados del suelo pude ver la foto de un tipo gordezuelo y con gafas que miraba al objetivo del fotógrafo con gesto confiado–. Ha sido indigestión –dije, reconociendo por fin la cubierta del último libro de César Vidal.

 

14-12-2007

Si sois de Valencia o alrededores,  no hagáis planes para la tarde-noche del Viernes 14…

Bitácora Legionaria

leg_lengua.gif¡Lo traigoooo fresco, oigan! Abrimos un nuevo chiringuito en La Legión del espacio: Una bitácora donde los legionarios a bordo del RSS Amor Harkonen van a ir comentando las películas, libros, cómics y series de televisión que reciben en la nave gracias a su Transponedor Galáctico.

Están todos ustedes invitados a La bitácora legionaria.

amazonkindle.jpgDentro el montón de iniciativas que se veían venir dentro del muno del e-book, Amazon decide lanzarse primero con un cacharrito propio y un servicio de descargas. El cacharro en cuestión - Kindle- funciona con tinta electrónica, tiene una autonomía de 30 horas y permite almacenar 200 libros. Tiene una conectividiad inalámbrica -no wifi, es un servicio de banda ancha telefónica de EEUU que habrá que pagar aparte- y permitirá revisar el correo electrónico.

 

Lo quieren vender como el equivalente al Ipod en el mundo del libro, pero, tras analizarlo un poquito, me parece que están lejos, muy lejos todavía. ¿Razones?

 

El Kindle es grande. Tiene una pantalla para leer cómodamente adornada de un teclado (WTF?) y un marquito blanco… Vamos, primera norma de “hacer productos como el Ipod”: El diseño es más importante que la funcionalidad. Y el Kindle es feo y grande. Así de claro. Lo que nos lleva a:

 

El precio: 272 Eurazos. La verdad es que el precio de los lectores de libros es su principal escollo. ¿Llevarías algo de ese tamaño, que no aguantaría dos golpes, para leer por las mañanas en el metro? Yo no lo haría, la verdad. Los libros tienen una ventaja que casi nadie comenta, nada que ver con el olor de las páginas o su tacto característico, y es que se pueden caer al suelo, mojar, servir como arma arrojadiza y hasta para corregir la cojera de una mesa sin que les pase mucho. Trastear con un cacharro grande de 272 euros es algo que no está al alcance de todos. Y, en serio, si estás en casita, ¿qué más te da coger un libro? ¿El precio del e-book? Pues…

 

Cada E-book sale a 9,99 dólares. Toma ya. Más caro que los paperbacks, eso sí es visión de futuro. Eliminas a las distribuidoras y reduces a casi cero los costes de producción y ¡toma ya! más caro. Y además, siguiendo la estela del ejemplar sistema de video bajo demanda que Amazon se ha comido con patatas, el Kindle funciona con DRM… así que me lanzo y auguro una efímera existencia de este sistema a menos que cambien precios, diseño y DRM. Que por esos 272 euros hay unas PDAs que leen cualquier cosa, tienen Wifi, leen MP3, y hacen muchas más cosas. Y, por si fuera poco, te caben en el bolsillo.

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